Salvador Elizondo

"Beda el Venerable compara la vida humana al paso de una alondra extraviada que penetra en un recinto, lo cruza fugazmente y vuelve a salir hacia la noche. Una autobiografía es a la vida lo que ese momento es al vuelo de la alondra. A mi edad no tengo aún la perspectiva o mi perspectiva de la vida es demasiado presuntuosa para poder concretarla sobre el papel. La vida todavía me está viviendo, en el mismo sentido en que se emplea el gerundio «está lloviendo», para que de ella no pueda tener más certidumbre que la de mi vocación y del estado de ánimo que esa vocación ha fraguado, creo yo, eso sí, definitivamente. Por otra parte la importancia de una autobiografía reside en las conclusiones que nos propone o que sacamos más que en las anécdotas que nos relata. Mi visión esencial del mundo es poco edificante; en realidad, no apta de ser difundida. En esto no creo ser una excepción a la regla o si la soy, soy la excepción que la confirma. Nuestra idiosincracia está hecha de los prejuicios que se resumen en nuestras opiniones y ni siquiera por lo que respecta a mi propia persona me considero en posesión de una visión clara. Hasta ahora sólo puedo tener conciencia de mi vida como de una experiencia en la que he visto o imaginado al­gunas imágenes y en que he dicho o he escuchado algunas frases. De mi primera infancia sólo recuer­do un verso: «Sobre el dormido lago está el sauz que llora…» y cada vez que escucho, después de tantos años, estas palabras con que se inicia uno de los poemas más inquietantes que se han escrito, se me aparece como un sueño equívoco el cuerpo infinitamente desnudo, infinitamente blanco de mi schwester2 y además resuenan en mis oídos, como un eco lejanísimo, el batir de los tambores, el golpe acompasado del paso de ganso sobre los adoquines, la exasperación sibilante de los pífanos y el aleteo lentísimo de los largos banderines rojos que colgaban de las ventanas golpeando las fachadas lúgubres y ateridas de las casas de nuestra calle. Pero en la imagen de ese cuerpo desnudo descubro también el entusiasmo inequívoco de la primavera, el súbito deshielo que presagiaba los vastos campos de girasoles y la luz quebradiza del sol que se filtraba como una cascada cristalina entre el follaje siempre verde de los pinos."

Así empieza su "Autobiografía precoz"

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